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La loca le dicen,
le dicen a Rosa,
porque salta y juega
como mariposa.
La encontré en la calle
altiva y severa,
mas, como sabía
que era una locuela,
con la demás gente
le gritamos ¡loca!
Se volvió altanera,
nos vio a la cabeza
con mirada fiera
y altivez de diosa;
impuso un silencio,
silencio que era
el prefacio intenso
de una real novela.
Y con ironía,
más que con cautela,
la chica decía:
Aparento siempre
ser loca o severa.
No sé amar, me dicen,
y río de todos,
de todos los días
que me ven pasar.
Y esa risa loca,
esa risa mía,
no saben que es risa
de melancolía...
Y así es que los hombres,
y así es que la gente,
creen que me río
porque soy demente;
y me dicen fría,
y me dicen ¡loca!
sin saber que todo
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lo que a mí me toca
es esconder hondo,
muy hondo de mi alma,
un secreto inmenso
que quita la calma.
Se trata de amores
y en ese sentido
cuerdos no ha habido.
El era muy frío
y yo altiva siempre.
Más, esa careta
que tiene la gente
rodó por un solo,
por un solo instante
y me vi abrazada
por cuerpo arrogante;
y mis labios tibios
se quemaron luego
y así respondieron
al beso de fuego.
El se ha ido lejos,
yo he quedado sola,
pero en mis entrañas
ha quedado un niño.
¡No quiero más burlas!
Que sea niño limpio,
ese niño mío,
tenga de vosotros
muy poco de mofa
y mucho de cariño.
Y callamos todos.
Nadie se reía.
Mientras se alejaba
húmedos los ojos
la voz ahogada,
¡Rosa! ¡La locuela!
que desde ese día
tenía el encanto
de un ¡Ave maría!
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