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Sanarate, El Progreso, Guatemala, Centroamérica.

Literatura Sanarateca
Sanarate, El Progreso, Guatemala.


El Misterio del Callejón del Diablo
Por: Jorge H. Herrera
El Jinete de la Mula Parda
Por: Roberto Campos Ruano

El Misterio del Callejón del Diablo

Por: Jorge H. Herrera


CAPÍTULO  I

Introducción


        El Callejón del Diablo es un sector con algunas construcciones modernas y muy populoso en Sanarate, se encuentra ubicado en la parte norte de la ciudad. Cuenta la leyenda que cuando principiaba a poblarse esta área de Sanarate, en noches muy oscuras y alrededor de la medianoche se escuchaba el ruido trepidante de una carroza tirada furiosamente por caballos, que hacía su recorrido de norte a sur. Los vecinos que se armaban del suficiente valor para atisbar por las rendijas de sus puertas, alcanzaban a ver que se trataba de un fuerte viento arremolinado.

        Era tal la fuerza del viento, que mecía árboles y levantaba una espesa polvareda arrancando algunas chispas del suelo con los cascos de los invisibles caballos, mientras los perros aullaban y las aves de corral aleteaban asustadas. Conforme fue aumentando el número de viviendas y de habitantes del Callejón del Diablo, fue disminuyendo la frecuencia de los recorridos de la carroza, en la cual según los vecinos era el mismísimo Satanás quien se paseaba en los alrededores. Todavía en la actualidad, en algunas noches muy oscuras, a veces inexplicablemente todos los perros se ponen a aullar como si algo o alguien les atormentara. Hay quienes aseguran que durante esas noches tenebrosas, es el diablo quien aún merodea por ese callejón.




CAPÍTULO  II

La Polémica


        Como pasa con todo asunto que aparentemente no tiene explicación racional, los sucesos que ocurren en El Callejón del Diablo han generado una polémica, aún entre los mismos residentes del lugar. Para tratar de sacar una conclusión clara, Casimiro Gudiel, aficionado e investigador de fenómenos astronómicos y metafísicos, entrevistó a dos de estos residentes que tienen puntos divergentes en el enfoque de estos sucesos. Doña Eutanasia Calderón, una anciana ama de casa, se santiguó varias veces antes de responder a las interrogantes y afirma que las apariciones del diablo se producen en la fase de luna nueva en las noches más tenebrosas. Agrega doña Eutanasia que a los incrédulos y escépticos, el diablo suele castigarlos, como en el caso de su vecino Arturo Sánchez, quien en un día de tantos resultó totalmente demente lanzando piedras a la gente y comiendo jabón.

        Los vecinos atribuyen la demencia de Arturo a que una novia que tuvo le dio a beber leche de marrana como venganza por una infidelidad, dejándolo embrutecido para siempre con este brebaje. Pero en realidad, afirma doña Eutanasia, lo que pasó fue que durante una oscura noche, Arturo en estado de ebriedad a consecuencia de unas copas de licor clandestino que se tomó con unos amigos, caminaba a avanzadas horas de la noche por el Callejón del Diablo. De repente, escuchó acercarse el tropel de la carroza tirada por los caballos negros arreados por el diablo. Por su estado de embriaguez se sintió con suficiente valor para enfrentar al diablo y a todos sus secuaces del averno y se paró a medio camino.

        En cuestión de segundos fue arrollado por la diabólica carroza, recibiendo un latigazo del diablo, y desde entonces perdió completamente la razón. También doña Eutanasia entra en otra polémica en forma parecida al enigma de: ¿Quién fue primero, el huevo o la gallina? Algunos afirman que el diablo empezó a frecuentar el callejón cuando la ciudad de Sanarate estaba recién fundada, porque muchas personas estaban entregadas al vicio del juego y la bebida. En cambio otros dicen que fue la presencia del diablo la que generó que la mayoría de los vecinos inexplicablemente empezaron a ser atraídos por los vicios.

        Para obtener otra opinión, Casimiro tuvo la oportunidad de conversar con Edgardino Dardón, un joven recién graduado del ciclo diversificado y muy aficionado a la cibernética. Refiere este joven que él desde que era un niño pequeño escuchó la historia de las cabalgatas del diablo por el callejón, por lo que cuando tuvo edad suficiente empezó a investigar el fenómeno auxiliándose con sus conocimientos básicos de física fundamental que aprendió en la escuela.

        Este joven llegó a la conclusión de que el fenómeno es algo de origen físico-meteorológico. Cuando la radiación del sol que calienta las riberas del Riachuelo Las Tunas produce aire caliente que fluye subiendo la cañada que llega al Cerrito de la Virgen. Allí ese aire caliente se mezcla con el aire frío que viene de la Sierra de las Minas, produciendo un mini-tornado que recorre el Callejón del Diablo de norte a sur, la cual es la dirección en que normalmente corre el viento en estas latitudes.

        Este inteligente estudiante explica que el aullido de los perros se debe a que estos nobles animales poseen en su cerebro un finísimo sensor barométrico que detecta los más leves cambios en la presión atmosférica. Este joven también explica que los remolinos de viento o mini-tornados producen estos ligeros cambios y los perros al sentirlos los anuncian con sus lastimeros aullidos.

        La razón del escándalo de las gallinas es porque los árboles en los que posan para dormir son sacudidos violentamente por el viento. ¿Y las chispas producidas por los cascos de los caballos que tiran de la carroza diabólica? Sencillamente son luciérnagas o cocuyos que aprovechando la densa oscuridad encienden sus luces biológicas para tratar de encontrar pareja y son arrastradas por la fuerza del remolino. Después de su detallada explicación, el joven queda inmerso de nuevo en el mundo de la cibernética a través de su computadora personal.




CAPÍTULO  III

La Cueva del Dueño de Los Cerros


        Era la hora de la pugna de la última luz del día con las primeras sombras de la noche. Era la hora del espectral crepúsculo. Adrián Rodríguez iba pasando por las últimas casas de la Aldea El Upayón en su viaje a pie hacia los cerros de la Piedra de Cal a su cacería nocturna. Durante el día había explorado los potreros encontrando estiércol fresco de venado, por lo que sabía que había bastantes posibilidades de tener éxito. Caminaba con paso acompasado con la tranquilidad de quien tiene a su disposición todo el tiempo del mundo. Después de pasar la aldea comenzó a percibir el penetrante aroma de la flor del hueledenoche, émulo de fino perfume francés, atrayendo a los insectos nocturnos expertos en polinización.

        El cazador nocturno es como el pescador con caña, el placer no está en el resultado positivo del intento; sino en el placer mismo de entregarse a su actividad. ¡Cuántos miles de pensamientos fluyen por la mente mientras se está ensimismado y los elementos de la naturaleza se integran aguzando sus sentidos! Por eso es que el olor de las flores le pareció muy puro y primitivo. Sus ojos sentían el placer de la belleza de la curva que delineaba la silueta de la cresta de los cerros, sus oídos percibían el concierto de miles de violines de los grillos que tocaban serenata a la oscura noche de luna nueva. En su piel sentía la suave caricia del fresco viento procedente de la Sierra de Las Minas, puro y saludable.

        Cruzó el cerco de alambre de púas del potrero de El Barrial, alumbrándose ya con la potente luz de su linterna eléctrica alimentada por una pila seca de 9 voltios. En ese momento recordó las palabras de su amigo y compañero de trabajo en la agricultura, don Chico Morales:

        —Cuando vayas de cacería en la noche debes de tener cuidado de no internarte mucho en el monte, porque mis abuelos me contaban del peligro que acecha por la presencia del dueño de los cerros, a quien no le gusta la cercanía de seres humanos en sus dominios—.

        —¿Y quién es ese tal dueño de los cerros?— preguntó intrigado Adrián.

        Don Chico Morales, con su mano izquierda se levantó ligeramente el sombrero, rascándose la cabeza con la derecha, respondió.

        —Bueno… algo así como un… un… ser malvado… hasta puede ser el mismo diablo.

        Ahora, ya subiendo la primera ligera pendiente de uno de los cerros, a Adrián en realidad no le provocaba mucho temor esa advertencia. Instintivamente se tocó una cruz metálica que colgaba de su cuello, la cual le había traído su esposa de su última romería a visitar el templo del Señor de Esquipulas.

        —Es para que te proteja cuando salgas en tus viajes de cacería por la noche, el señor cura le echó su agua bendita— le dijo su mujer.

        También apretó con más fuerza su escopeta calibre 12 cargada con dos cartuchos que él mismo había cargado con pólvora negra y balas de puro plomo, que fueron fundidas por el herrero especialmente para cazar venados.

        A lo lejos escuchó un ligero chasquido de las piedras calizas y dirigió la luz de su linterna en esa dirección. Al otro lado de una pequeña hondonada estaba parado un venado adulto con cuernos ramificados viendo directamente hacia él. Calculó que la distancia no era la ideal para ser certero con un disparo de su escopeta. Decidió atravesar la hondonada para acercarse a su objetivo procurando hacer el menor ruido posible y teniendo cuidado de donde pisaba, pues por la noche las piedras calizas liberan el calor del sol que absorben en el día, situación que es aprovechada por las serpientes de cascabel para calentarse.

        Cuando llegó al otro lado, ahí estaba todavía el venado viendo hacia la luz con curiosidad, pero en ese momento dio unos cuantos saltos poniéndose nuevamente a una distancia poco recomendable para hacer el disparo. Esto se repitió varias veces, en cuanto Adrián acortaba la distancia, el venado la alargaba, hasta que el cazador se dio cuenta de que se había internado ya bastante en el monte y le empezaron a invadir inquietudes al recordar los consejos que le habían dado. Justo en ese momento, cazador y presa llegaron a un pequeño peñasco, al pie del cual estaba una cueva y en ella el venado se internó. Ante esto, Adrián adoptó la actitud de esperar con paciencia, acechando, esperando todo el tiempo que fuera necesario hasta que el venado decidiera salir.

        —Tiene que darle hambre o sed y al fin saldrá— pensó.

        Se sentó sobre una piedra de regular tamaño, viendo directamente hacia la cueva y comenzaron a pasar los minutos que se convirtieron en horas. Siendo ya alrededor de la medianoche, una noche muy oscura como son las de luna nueva, notó que el canto de los grillos había cesado, ya no se escuchaba el gorjeo de los tapacaminos, las estrellas de brillante amarillo con su fondo de terciopelo negro parecían más cercanas, se podían percibir a plenitud los sonidos del silencio. Las Pléyades titilaban con alegría como celebrando el convite de trillones de estrellas en la bóveda celestial. Adrián observó con claridad meridiana a las nebulosas de Orión y El Aguila recostadas sobre el regazo de la constelación de Sagitario. La cueva irradiaba una tenue luz naranja. Su cuerpo se hizo sensible al movimiento cinemático perpetuo. Un rapto en estado puro. En la cruz metálica pendiente de su pecho se reflejó un fugaz fuego de San Telmo.

        Al siguiente día, doña Ticha se levantó bostezando a cocer el maíz para preparar las tortillas, alimento diario de su familia, pensando si Adrián había logrado cazar algo para preparar para el almuerzo y con esto variar su dieta cotidiana de frijoles.

        —¡¡Ni visto ni oído, lo único que falta es que se haya quedado en la cantina chupando con sus amigotes!!— Exclamó con enojo doña Ticha, enojo que se fue tornando en preocupación.

        A las diez de la mañana ya estaba reunido un grupo de parientes y amigos preparándose para ir a rastrear los cerros en busca de Adrián. Al mediodía lo localizaron muerto, sobre una piedra, sentado en una perfecta postura de flor de loto, con los ojos abiertos y esgrimiendo fuertemente su escopeta. Su rostro no denotaba signos de miedo, dolor o sufrimiento. Todo lo contrario, sus rasgos faciales registraban una paz infinita y hasta una enigmática sonrisa. El forense dictaminó que falleció por un colapso cardiaco.




CAPÍTULO  IV

La Figura Geométrica y el Agujero de Gusano


        La noticia se propagó rápidamente ese mismo día en que encontraron el cadáver de Adrián Rodríguez. Casimiro Gudiel se enteró esa tarde. Aficionado como era a la investigación de hechos metafísicos y paranormales, esto le intrigó mucho más que los sucesos que suelen ocurrir en El Callejón del Diablo, puesto que involucraba el fallecimiento de una persona común. Decidió investigar profundamente todos los factores que pudieron haber provocado tan lamentable acontecimiento. Para realizar su investigación contaba con muy pocos recursos que incluían una libreta de notas, una lámpara de mano y un telescopio portátil que compró en el “flea market” de San José, California, cuando estuvo trabajando en Estados Unidos.

        Decidió ir a la cueva al día siguiente, después del entierro de Adrián que se realizaría por la mañana. Al mediodía emprendió la marcha hacia los cerros de La Piedra de Cal en dirección a donde habían encontrado al muerto, acompañado por su perro cachorro de raza desconocida. Cuando se acercaba a su destino, el perro se detuvo en seco y aguzando las orejas, gruñía mirando hacia la cueva. Ya no pudo hacer que el perro siguiera acompañándolo, por mucho que lo intentó. Enseguida, optó por continuar solo el último trecho hacia la cueva, la cual estaba disimulada, con la entrada casi completamente oculta por la maleza y algunos helechos que colgaban de la peña.

        Se sintió sobrecogido en el umbral, escuchando los chillidos de protesta de los murciélagos al sentir que su sueño era interrumpido. Pensó en internarse solamente unos metros, no sólo por el temor a lo desconocido, sino porque padecía de cierto grado de claustrofobia. Encendió su linterna de mano y para su asombro vio en una de las paredes unos glifos con signos ideográficos primitivos. Observándolos con muchísimo interés, consideró casi imposible poder descifrarlos; sin embargo al lado de cada fila de signos había una figura geométrica que destacaba sobre todo lo demás. Pero lo que más lo sorprendió fue un dibujo en el que estaban representados los tres cerros místicos de Sanarate: El Cerro Chino, El Cerro de La Palma y El Cerro del Güistomate.

        La figura geométrica consistía en tres líneas rectas uniendo los tres cerros, formando un triángulo 39 36 15 descrito así en el teorema de Pitágoras: “La superficie del cuadrado construido sobre la hipotenusa es equivalente a la suma de las superficies de los cuadrados construidos sobre los catetos”. Aún más curioso y significativo, geográficamente este cuadrado construído sobre la hipotenusa se ubica en la Zona 2 de Sanarate, exactamente en El Callejón del Diablo. Y todavía más curioso, al trazar una triangulación originada en los tres vértices, se marca exactamente la ubicación de las coordenadas que localizan a La Cueva del Dueño de los Cerros.

        Observó que habían muchos más signos y dibujos, estaba fascinado pues más al fondo encontró una especie de mapa sideral que señalaba a la cueva del dueño de los cerros como un “respiradero” de un largo agujero de gusano. Este agujero principia en el territorio de la Península de Yucatán en México cruzando el mapa de Guatemala de Oeste a Nor-Este, internándose en el Océano Atlántico, y al viajar dentro del mismo puede dirigirse hacia el pasado, hacia el futuro o quedar estancado en el tiempo.

        Esto lo asoció al recordar la historia de un sanarateco que ingresó a la cueva y se internó recorriendo una larga distancia; pero al llegar a un punto en donde había una pendiente vertical ya no pudo continuar, puesto que habría necesitado equipo especial de andinismo para escalar. Regresó, salió de la cueva y contaba ufano su aventura. A los pocos años, algo sumamente extraño comenzó a ocurrir: Todas las personas envejecían normalmente, menos él. Mientras algunos encanecían y empezaban a quedarse calvos, este sujeto seguía exactamente en la edad con la que había entrado en la cueva. A pesar que ya habían pasado más de 20 años desde que visitó la cueva, él todavía continuaba con la lozanía de 23 años cuando ya iba acercándose a los 50. Empezó a ser objeto de la curiosidad de la gente y él se asustó pensando en qué iba a hacer con su vida eterna. Finalmente se fue para Estados Unidos huyendo de sí mismo.

        Los ladridos del perro sacaron de su ensimismamiento a Casimiro y muy sorprendido notó que estaba poniéndose el sol. Recogió apresuradamente sus objetos y corrió para su casa a meditar profundamente acerca de sus descubrimientos.




CAPÍTULO  V

La Curva del Diablo


        En el kilómetro 162 de la carretera CA-9 Ruta al Atlántico, hay una cueva en una peña. En el año de 1958 cuando la compañía constructora norteamericana Nello L. Teer abría la brecha para construir la carretera al Atlántico, dinamitaron un cerro cerca de la aldea Cayuga. Cuando una parte del cerro fue derribada, quedó a la vista una cueva, la cual quisieron explorar algunos trabajadores de la empresa. Sin embargo poco pudieron recorrer dentro de esta cueva debido a los muchos nacimientos de agua que formaban pozas profundas inexpugnables para cualquier persona. Un anciano de la aldea comentó: “Ya le tentaron las barbas al diablo”.

        Cuando terminó la construcción de la carretera empezaron a producirse violentos accidentes de tránsito en una curva que está a unos cien metros de la cueva. En un principio los topógrafos pensaron que esta curva tenía un error de diseño al no haber calculado bien el peralte de contención de gravedad. Este peralte es el que evita que los vehículos sean sacados de la carretera por la fuerza centrífuga que genera el movimiento sobre las curvas. Llegaron a investigar los ingenieros que diseñaron el trazo de la curva; sin embargo todo estaba perfectamente bien calculado. Los accidentes aún siguen sucediendo, de tal forma que el lugar está marcado por gran cantidad de cruces que recuerdan a los fallecidos. Los habitantes de Cayuga están seguros que todo se debe al enojo del diablo por haberle dejado descubierta la cueva por donde suele transitar.




CAPÍTULO  VI

Epílogo


        Cuando se enteró de estos hechos acaecidos muchos años antes, Casimiro Gudiel llegó a platicar con los habitantes de Cayuga y todos coinciden en que los accidentes siempre ocurren en noches muy oscuras en las cuales se escucha los aullidos de los perros que detectan la presencia del diablo.

        Luego, Casimiro volvió a Sanarate a revisar sus apuntes que había tomado en la cueva del dueño de los cerros. Le intrigó que siempre los acontecimientos se desatan en noches oscuras de luna nueva. Con la ayuda de su telescopio observó que en el momento en que estos hechos ocurren se forma una extraña conjunción estelar entre constelaciones y nebulosas que activan una singular energía oscura que genera vibraciones negativas coincidiendo con la longitud de onda que emite el color negro.

        Pero la conclusión más fascinante a la que llegó con los dibujos encontrados en la cueva es que el agujero de gusano que pasa por los cerros de La Piedra de Cal en Sanarate, se origina en otra figura geométrica conocida mundialmente como El Triángulo de las Bermudas.


F I N



Jorge H. Herrera.
Sanarate, Enero, 2011.




NOTAS DEL WEBMASTER:


Hueledenoche: Arbol que produce flores que emiten un aroma bastante agradable
Tapacaminos: Aves nocturnas que abundan en las áreas rurales de Sanarate
Helecho: Planta pteridofita sin flor ni semilla, de grandes hojas perennes lanceoladas y ramificadas en segmentos. Los helechos son propios de zonas húmedas y sombrías.
Glifos: Figuras simbólicas talladas o grabadas en relieve. Arte (Glíptica)


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